EL SÁBADO

Sábado 2 de Septiembre de 2006

La respuesta de Brasil ante el desastre ecológico
Al rescate del Amazonas

La crítica situación de la selva tropical más importante del planeta, afectada por una deforestación que puede disminuir su territorio dramáticamente de aquí a 2050, llevó al Presidente Lula da Silva a anunciar una ley que mejora la gestión forestal, pero que implica la entrega de tierras en concesión a los privados. ¿Es la manera de salvar al Amazonas? La polémica ya está encendida.

Por Marcela Escobar Q.

Qué paradoja. En el Amazonas brasileño, durante la última década, cada minuto es destruido un territorio equivalente a cinco canchas de fútbol. Aunque se trate del país de los pentacampeones, a eso no se le puede llamar un jogo bonito.

Lo que está sucediendo en la selva tropical más importante del planeta no comenzó ayer ni el mes pasado. Hay que ser justos: tampoco es culpa del actual Presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Es probable que su destrucción lleve ya cientos de años, pero lo que ha ocurrido en las últimas tres décadas supone, en los desalentadores pronósticos científicos, que a mediados de este siglo quedará apenas poco más de la mitad de la selva amazónica.

El Amazonas cubre mil 200 hectáreas, repartidas por Brasil, Venezuela, Colombia, Perú y Ecuador. La mayor extensión de territorio está, justamente, en Brasil, por eso que el cuestionamiento por la situación de este bosque recae en el gobierno de aquel país, dueño de 4,2 millones de kilómetros de un total de siete millones, que es la extensión completa de la selva.

Son los números los que siembran la alarma. En los '80 ya se había alzado la voz denunciando los estragos que la erosión y la tala ilegal estaban causando. Cada año, la masa forestal que se reduce en el Amazonas equivale a la desaparición de un país como Bélgica (con una superficie de 30 mil kilómetros cuadrados, aunque comparaciones más actuales y alentadoras hablan de una equivalencia cercana al territorio de Kuwait, de 17 mil kilómetros cuadrados). Todavía queda el 80 por ciento de la selva, pero los científicos estiman que en 2020 sólo quedará el 58 por ciento de la vegetación total. Para el 2050, el 40 por ciento habría desaparecido, de acuerdo al estudio publicado en marzo por la prestigiosa revista Nature.

Su autor, el científico brasileño Britaldo Silveira Soares-Filho, establece claramente en el informe cuáles han sido las causas del descalabro forestal que ha acabado con importantes hábitats naturales. "La cuenca del río Amazonas ha entrado en una nueva era", señala en el artículo, "debido a que
los crecientes beneficios que generan la ganadería y la producción de soya aumentan la deforestación y contribuyen a la expansión de la red de carreteras hasta el centro de esa región".

Aunque sigue siendo un territorio de difícil acceso y con zonas prácticamente aisladas, el Amazonas no está intacto. El llamado turismo ecológico lo puso hace años entre sus destinos predilectos. Aquí
se instalaron tempranamente lodges en medio de la selva y los catálogos difunden la pesca deportiva y el festival folclórico de Parintins. Es obvio: se trata del mayor estado de Brasil, completamente recortado por la cuenca del río; posee terrenos que están siempre inundados, otras planicies bajas y árboles que pueden alcanzar hasta veinte metros de altura. Tiene la mayor biodiversidad del planeta y concentra el 20 por ciento de toda el agua dulce del mundo.

Soares-Filho, quien trabaja para la Universidad de Minas Gerais, saca cálculos poco optimistas. Su estudio habla de una reducción en el tamaño de la selva, de 5,3 a 3,2 millones de kilómetros cuadrados antes del año 2050. Según explicó a "El Sábado", las causas de esta degradación son varias y están, casi siempre, relacionadas: "Por un lado, influye la ausencia del Estado, la especulación por la tierra, la falta de oportunidades en otras partes de Brasil, lo que hace que se trasladen hasta allá los sin tierra. Y también la expansión del comercio agropecuario y la extracción de la madera".

El científico alerta que los cambios sufridos por la selva no afectarán sólo a los países que poseen territorio amazónico, sino que habrá impactos regionales hasta globales, "como la pérdida de servicios ambientales y de biodiversidad, aumento de los períodos de sequía, y aumento de la temperatura como resultado de las emisiones de carbón, causadas por la deforestación".

Nada de eso, por supuesto, figura en los folletos turísticos.

LOS CULPABLES

La situación del Amazonas ha movilizado no sólo a los ecologistas ­Greenpeace monitorea constantemente la situación de la selva y encabeza campañas internacionales de creación de conciencia­, sino que también al propio gobierno de Brasil, que ha asumido la responsabilidad que le cabe al Estado en esta debacle ecológica. Brasil es considerado uno de los mayores productores de anhídrido carbónico, y buena parte de éste procede de la deforestación ­realizada a fuego­ del Amazonas.

"El debate social en torno a la Amazonia está marcado por la denuncia, de un lado, y por el deslumbramiento, de otro", escribió el cantante Gilberto Gil, ministro de Cultura de la administración de Lula da Silva. En una columna a página completa para la última edición de la revista Colors ­de propiedad de Luciano Benetton y dedicada, esta vez, por completo a esta selva tropical­, destacó que la ministra de Medio Ambiente de Brasil, Marina Silva, proceda del estado del Amazonas, y habló de la necesidad de un pacto para conseguir el desarrollo sostenible de la región, que repercute ­apuntó­ no sólo en Brasil, sino que en el resto de América del Sur.

"¿Cómo ignorar la deforestación? ¿Cómo no sentirse fascinado ante la biodiversidad y la cultura de la región? Pero la Amazonia va más allá, mucho más allá, de cualquier simplificación", postuló en su texto.

Gil no es el único que ha manifestado su sensibilidad frente al tema. Luego de una fuerte campaña realizada por Greenpeace, las grandes empresas exportadoras de soya de Brasil anunciaron que no comprarán lo que proceda de los cultivos que se han levantado en zonas deforestadas de la selva amazónica. Este tipo de agricultura es ­junto al ganado­ una de las causas comprobadas de la alarmante deforestación.

Empresas transnacionales, como McDonald's, El Corte Inglés y Wal-Mart, han apoyado a Greenpeace en su campaña y se han sumado al llamado de atención a las exportadoras de soya. La cruzada ya se dejó sentir en el mercado: los precios de la soya y de la carne brasileña han caído, lo que algunos toman como una explicación para las cifras actualizadas de pérdidas de territorios selváticos (lo ya dicho: antes se creía que se estaba perdiendo una superficie igual a Bélgica, ahora, sólo se pierde el equivalente a Kuwait).

"La idea de que un país controle sus fronteras agrícolas es algo completamente nuevo", declaró a The Economist Stephan Schwartzman, representante de la ONG Enviromental Defence, resaltando la toma de conciencia ­y las medidas adoptadas al respecto­ que ha hecho Lula da Silva. El año pasado, luego de la muerte de una monja ecologista que se oponía a las actividades de los madereros en la región de Pará, el Primer Mandatario brasileño envió tropas del Ejército para que se hicieran cargo de la zona y velaran por el veto a la explotación maderera durante seis meses, en todas las tierras amazónicas que fueran propiedad estatal. La tala ilegal
­un tercer factor que influye en la deforestación­ está íntimamente ligada a las plantaciones de soya. Para cultivar, hay que despejar la tierra. Y lo que queda no es, por supuesto, una postal turística.

LA SOLUCIÓN

La decisión de enviar tropas a Pará fue sólo un apronte para una medida de mayor envergadura y, sin quererlo, también de mayor polémica: Lula acaba de dictar una ley que pretende entregar tierras en concesión a empresas privadas, para una mejor gestión forestal.

De todo el territorio amazónico brasileño, el 24 por ciento ya es propiedad de privados, mientras que el 28 por ciento corresponde a terrenos de conservación y reservas indígenas. Lo que resta de selva brasileña es un 48 por ciento, y parte de ese porcentaje sería regido por esta norma.

La ley 11.284, llamada Ley de Gestión de las Florestas Públicas, y calificada erróneamente como una ley de privatización, entrega en concesión el tres por ciento de la selva amazónica brasileña, equivalente a 150 mil kilómetros cuadrados, cercanos al área de mayor deforestación. Son terrenos que ya se le han ganado al bosque, lo que impediría nuevas incursiones.

La norma permite licitar contratos hasta por 40 años, por medio de los cuales las empresas podrán realizar explotación forestal, farmacéutica e, incluso, química de aquellos terrenos. Habrá un porcentaje que se entregará a las empresas, otro destinado a las comunidades ­en el Amazonas viven 20 millones de personas, indígenas en gran número­, y otro a nuevas áreas de conservación. La propiedad de la tierra, sin embargo, seguiría siendo estatal.

Se contempla, además, la creación de un Servicio Forestal que identificará los bloques de selva susceptibles de ser explotados y organizará las licitaciones, que contemplan en teoría rigurosas normas estatales para proteger la biodiversidad de la selva. Y se pondrán en práctica dos modernos sistemas: el primero permitirá realizar monitoreos por internet de aquellos bosques que están siendo desmantelados; el segundo, en tanto, realizará mapas trimestrales de todos los puntos del Amazonas donde se realicen cortes selectivos de árboles.

La ley ya cuenta con la venia de Greenpeace, pero también ha sumado detractores dentro de otros grupos de ambientalistas, quienes sostienen que con esto no se impedirá la tala indiscriminada de árboles por parte de la industria maderera, que se las ingenia para llegar a sitios de difícil acceso y así extraer ilegalmente maderas preciosas. Critican, también, que a las empresas licitantes sólo se les exija tener sucursal en el país. "Viabilizar la privatización del Amazonas representa entregarla a capital extranjero", declaró al diario argentino Clarín el coordinador de la Comisión de Derecho Ambiental, Marcos Montenegro. El gobierno de Lula, sin embargo, confía en la eficacia de la nueva norma.

­Básicamente, la ley determina que las florestas públicas deben permanecer florestas (es decir, frondosas) y públicas ­explica a "El Sábado" desde Brasilia Tasso Azevedo, subsecretario de Forestación del Ministerio de Medio Ambiente­. O sea, la nueva ley cambia el curso de quinientos años de historia, donde el desarrollo estuvo basado en la privatización del patrimonio público y en el desmantelamiento para la ocupación agropecuaria y de asentamientos urbanos.

El subsecretario Azevedo ha declarado que con la nueva normativa "estamos autorizando el desarrollo sustentable, eso es lo opuesto a la deforestación". Él asume que buena parte del impacto es fruto de problemas fundacionales en la definición del uso de la tierra. "En los últimos tres años fueron creados más de veinte millones de hectáreas de Unidades de Conservación en el Amazonas, y más de diez millones de hectáreas de áreas indígenas fueron demarcadas. Para efectos de comparación, la suma de estas áreas protegidas equivale al cuarenta por ciento del territorio chileno".

A diferencia del científico Britaldo Soares-Filho, Azevedo tiene un buen pronóstico de las nuevas medidas: "Utilizando técnicas adecuadas de exploración se pueden mantener en estructura y diversidad las especies forestales. En simple, el manejo forestal que será permitido en las florestas públicas consiste en explotar cinco a seis árboles de más de mil existentes en una hectárea (equivalente a un campo de fútbol), cada treinta años. O sea, una actividad de bajísimo impacto".

Las áreas forestales que serán desarrolladas con este sistema estarán divididas en 30 compartimentos, para que cada uno sea explotado en un año. Azevedo asegura que ya existen más de 1,4 millones de hectáreas del Amazonas manejadas según estas prácticas, certificadas con patrones internacionales.

Lo que Brasil busca, justamente es corregir las prácticas incorrectas que han sobrevivido por años.

Barrer con aquello, claro, es una tarea mayúscula. Es imposible que la ley recupere lo que se perdió, pero, si es aplicada con eficacia, permitirá detener en el Amazonas el avance del desierto más inclemente: aquel que es provocado por la mano del hombre.


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